Seamos sinceros: la mayoría de la gente se pone rígida cuando ve una cámara.
Contratáis a un fotógrafo buenísimo, le pedís «fotos naturales, nada de posados», pero la realidad es otra. Durante el cóctel, la gente está parada con una copa en la mano, charlando. El fotógrafo puede ser un genio, pero si no pasa nada interesante, no puede sacar magia de donde no la hay.
Al final, acabas con 200 fotos de gente sonriendo a cámara con cara de «patata».
Aquí es donde entro yo. No soy solo el mago; soy el mejor amigo de tu fotógrafo.
Yo creo el momento, el fotógrafo dispara
Mi trabajo no es solo hacer trucos. Mi trabajo es conseguir reacciones.
Cuando me acerco a un grupo, no solo estoy pensando en la carta o la moneda. Estoy pensando en crear la «foto perfecta» para ti.
- Reacciones reales: No pido a nadie que sonría. Hago que se partan de risa o que se queden con la boca abierta del susto. Esa cara no se puede fingir.
- El foco de atención: Agrupo a la gente. Cuando hago algo fuerte, todos miran al mismo punto. Eso, visualmente, es oro para el fotógrafo. Le estoy regalando la composición.
Olvídate de las fotos aburridas
¿Sabes esas fotos de bodas increíbles donde se ve a un grupo de amigos gritando de euforia o al abuelo llorando de risa?
Esas fotos no salen porque sí. Salen porque está pasando algo.
Yo soy ese «algo».
Me coordinó con tu equipo de foto y vídeo. Les aviso: «Oye, atentos ahora que voy a hacer el final fuerte con este grupo». Ellos se colocan, yo remato y ¡clic! Tienes la mejor foto de la boda.
Lo que te llevas a casa
Cuando pasen diez años y mires el álbum, no querrás ver a tus tíos posando en fila.
Querrás ver a tu padre alucinando, a tus amigas de la uni abrazándose de la risa y a ese primo serio con los ojos como platos.
Yo me encargo de provocar esos momentos. Tu fotógrafo solo tiene que capturarlos.
¿Quieres un álbum lleno de vida?
Si quieres que en tu boda pasen cosas que merezca la pena fotografiar, hablemos.